En las pequeñas frustraciones e interrupciones y en las cosas simples de la vida, es donde se nos da la oportunidad de confiar en Dios, obedecerle y darle gloria.

Las interrupciones de la vida nos recuerdan que no tenemos la vida resuelta y que no podemos hacerlo solos. Son como la vara del Pastor, que nos saca de nuestro camino errante y nos lleva de regreso hacia el Gran Pastor.

Necesitamos estas interrupciones.

Más que ninguna otra cosa, nos acercan a la cruz de Cristo, donde recordamos el evangelio y recibimos su gracia y perdón.

Es difícil ver que todos estos pequeños eventos e interrupciones frustrantes que ocurren en nuestro día han sido permitidos por Dios como oportunidades para crecer en gracia, pero es así. Y verlos así nos ayuda a dejar de mirar hacia nosotros mismos y a poner nuestros ojos en Cristo, quien se preocupa más por nuestra transformación que por nuestra comodidad diaria.

En lugar de darnos una vida fácil, la interrumpe con gracia y nos muestra qué es lo que más necesitamos: Él mismo.

Cuando estas interrupciones son inesperadas y nos toman por sorpresa, a Dios no lo toman por sorpresa. No son eventos fortuitos y sin sentido. De hecho, las interrupciones son puestas en mi camino por obra divina y por alguna razón. Dios las utiliza para hacer que me parezca más a Cristo.

“Ese proceso continuará hasta que todos alcancemos tal unidad en nuestra fe y conocimiento del Hijo de Dios que seamos maduros en el Señor, es decir, hasta que lleguemos a la plena y completa medida de Cristo.” Efesios 4:13 

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